lunes, 13 de abril de 2020

Jaque Mate Capítulo V


Capítulo V

CAPÍTULO V

Fritz Weinbergen, había hecho honor a su fanfarronada acerca del control que tenía sobre funcionarios afines. Había sido informado de todas las actividades de los empleados del Hamburger. Averiguar quién había recibido el soplo había sido lo más fácil: una simple llamada de Gerhardt Brackhane a Benjamin Frangenberg, al periódico y resuelto. O… casi. El fallido asalto al coche de Sabine cuando regresaba del aeropuerto, aún les dolía. Les habían informado de la identidad y del vehículo de Sabine, pero… la dirección que les facilitaron, —por un retraso en la actualización de datos en la ficha de empleada de Sabine Vogel— por medio de Benjamin Frangenberg, fue la anterior a la de Moltkestrasse. Ello explicaba que Heinz y sus muchachos, tardaran unas cuantas horas de más, en localizar el apartamento de Sabine
El paso siguiente era su localización actual. Había sabido de la estrecha relación de Sabine con una tal Inga, de Bramberg. También había sido informado de la identidad del padre (y del abuelo) de Sabine, así como de la existencia de la cabaña del Tirol. Eso les tendría que hacer mucho más cautelosos y prudentes a la hora de abordar la recuperación de los documentos. Era imposible utilizar los mismos métodos que para Steinberg. Aunque, conociendo el modus operandi del personal de Otto…
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Otto Gruber recibió el encargo de visitar a Inga y… órdenes estrictas de no hacerle daño, al menos no mucho. Les sería más útil viva y entera.
Eran las ocho de la tarde del 17 de septiembre. Ya había oscurecido cuando el Volvo negro, se acercó en silencio y con las luces apagadas. Deteniéndose frente al edificio del 8 de Prökelmoor. La suerte de Inga parecía echada. Heinz se acercó al zaguán y, utilizando una ganzúa, abrió y se apostó en el hueco de la escalera. Armin se ocultó tras el seto de azaleas que dividía ambos edificios, dejando a Maciej dentro del coche, listo para salir a toda prisa.
Tras una corta espera de unos 10 o 12 minutos, llegó Inga, con su Ford Escort de reciente adquisición. Lo aparcó, casi detrás del Volvo, dirigiéndose hacia el portal, con las llaves en la mano. Apenas abrió la cerradura, Armin, que había estado muy atento, se le acercó por detrás y le puso una capucha. Heinz salió de su escondite y, con una porra telescópica, le propinó un fuerte golpe en la cabeza, dejándola sin sentido.
La maniataron, la amordazaron, la metieron en el amplio maletero del Volvo y, esta vez, sí, Maciej aceleró saliendo del callejón de cul de sac y tomando la cercana Bramfelder Chaussee, bajar hasta la carretera 5 que circunvala Hamburgo y continuar por la A7 y la A1, hacia la macro conurbación de la región industrial de Renania-Westfalia, en dirección a Bonn.
El 18 de septiembre, de madrugada, los secuestradores de Inga, habían llegado al cuartel general de la organización nazi, a la calle Auf dem Hirschberg, en Bonn. Con Inga, amordazada y atada en maletero del Volvo, metieron el coche en el garaje. Sacaron a la joven del cubículo, donde llevaba horas, y la condujeron al sótano. La encerraron en una habitación y le dieron algo de beber y de comer. Había que esperar a que llegase Gerhardt, antes
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de ocuparse de ella. Heinz ya estaba regodeándose con el festín de sadismo que pensaba darse.
El 19 de septiembre, Otto Gruber, recibió la llamada que hacía tiempo esperaba. Sus informantes, tenían casi la certeza del paradero de la periodista: Habría que ir a la vecina Austria.
De inmediato puso en marcha a Heinz y su equipo, que aún permanecían en la casa de Bonn, junto a la secuestrada. Afortunadamente para Inga, el psicópata y su equipo recibieron la orden de partir hacia Austria de inmediato. De momento, no era necesario aplicar ningún tratamiento a la amiga de Sabine. La retendrían a la espera de acontecimientos.
Heinz, Maciej y Armin, se habían pasado casi siete horas conduciendo. Tenían prisa. Heinz, sobre todo. Tenía muchas ganas de echar el guante a la única persona que sabía, y tenía pruebas, de la magna conspiración que sus jefes llevaban años preparando. Pensaba disfrutar haciéndole un buen trabajito. Cuando pasaron por la Industrial Imst, capital de su homónimo distrito, giraron a la derecha, cruzaron el puente sobre el Inn (Eno) y tomaron la estrecha y serpenteante carretera del Pitztal.
Un camión de reparto de combustible, circulaba lentamente unos cientos de metros delante del Volvo. Era imposible adelantarlo. Maciej acercó el Volvo hasta casi tocar el paragolpes trasero del camión, intentando rebasarlo una y otra vez. Heinz estaba a punto de ordenarle que detuviese el coche para ponerse él al volante, estaba harto de la actitud del retrasado, cuando, de repente, en una curva, el chófer del camión, dio un bandazo al tratar de esquivar a un conductor que había salido con su tractor, de un camino rural a la carretera. El asfalto estaba húmedo, el camión de la gasolina empezó a hacer eses, el chófer perdió el control y el vehículo volcó sobre la carretera bloqueándola por completo en ambos sentidos. Justo al otro lado del camión, se podía ver un cartel indicador con nombre de Arzl…

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domingo, 12 de abril de 2020

Jaque Mate Capítulo IV




CAPÍTULO IV



Wenns, Tirol. 19 de septiembre. El verano tocaba a su fin… Llevaban en aquella cabaña casi dos meses. En todo este tiempo, Sabine había hablado con el comisario Wiese, solo cuatro veces. En dos ocasiones había comunicado con Inga y en otras dos o tres veces, con el jefe de redacción del periódico. Este se mostró muy airado y amenazó con despedirla si no informaba en breve de los frutos de la investigación, del supuesto trabajo de campo e investigación en las fábricas de automóviles de BMW y Mercedes Benz, donde supuestamente tenía un trabajo de incógnito, enfatizando en que le informase de su paradero. De vez en cuando, llamaba también a su padre, aunque sin desvelarle que estaban en la cabaña. Nada parecía indicar que alguien hubiese estado investigando su paradero, en el entorno cercano a Sabine, aún así…, se mantenían alerta.
El análisis de la documentación que desvelaba la operación NEUESTROJANPFERDES, resultó más complicado de lo esperado ya que los documentos más importantes, estaban encriptados. Se había utilizado un complicado sistema de encriptado, basado en la máquina de cifrado Lorenz*.

Afortunadamente, el anónimo informante, había incluido en la documentación, una hoja con las instrucciones básicas para el descifrado y una Schablone —plantilla—, sin la cual, la información no servía de nada, a menos claro que se tuviese a mano una de las ocho máquinas Lorenz, que, años atrás, encargó la Inteligencia del Reich. Aún así, Sabine había conseguido extraer un listado de más de 100 nombres, todos ellos empleados como ayudantes de dirección, adjuntos, vicepresidentes, etc. Sin excepción, todos ubicados tan solo a un paso de alcanzar un cargo decisorio, cargos a los que, con una eficiente coordinación prusiana, podrían acceder cientos, puede que miles de adoctrinados fanáticos nazis, así, de la noche a la mañana y a lo largo y ancho de toda la República Federal. Esta acción, de llevarse a cabo como se vislumbraba en la documentación que Sabine llevaba analizando desde hacía casi dos meses en aquella idílica cabaña, que parecía extraída del cuento de Heidi, podría desembocar en un “incruento”, rápido y eficaz golpe de estado. Faltaba saber la fecha del inicio de la operación
Mientras Sabine se pasaba las horas analizando los microfilmes, Lluís tuvo tiempo de estudiar algo de alemán, asistiendo a una escuela de adultos que había en la cercana población de Jerzens. Además, trasteando con el mapa y con un par de volúmenes sobre setas que le había prestado Gisela, se había convertido en un experto micólogo. Había hecho un sinfín de escapadas a través de las decenas de senderos que comunicaban entre sí los pueblos, aldeas y granjas del valle Pitztal y del vecino Öztal. Había tantas clases de setas que tuvo que saber discernir entre las que estaban deliciosamente sabrosas, como las Pfifferlingen y de las que convenía permanecer apartado. En casa de Gisela, junto al retrato de su difunto marido, había un rótulo, enmarcado con la leyenda: “Todas las setas son comestibles… al menos una vez”. En letras que Gisela había bordado hacía ya muchos años. Tomando prestados sus libros de setas, salía al bosque casi todos los días, al menos un par de horas.
 Cada semana, llamaba desde la cabina a España. Siempre llamadas muy cortas
En unos días, partirían hacia el norte, tenían que encontrarse con Wiese y Helmut
Ciertamente, para Lluís, fueron los dos meses más felices e intensos de su joven vida. Poco podía imaginar que lo que él pensaba iba a ser eterno, junto a Sabine, acabaría como acabó…
La puerta se abrió abruptamente. Apareció Sabine con la cara demudada por la preocupación.
—Hemos de irnos de inmediato. Saben que estamos aquí.
Casi sin darle tiempo a reaccionar, urgió a su novio a que recogiese todo cuanto de comprometido pudiera haber en la cabaña. Solo lo estrictamente necesario, —dijo—. “Hay que salir ya”.
Sabine llevaba ya varios días tratando de contactar con Inga. No contestaba a su teléfono y los de la agencia de publicidad, le informaron que no había acudido al trabajo, ni respondía al teléfono. "No sé, puede que hayan pinchado los teléfonos y, aunque siempre llamo desde una cabina pública de Innsbruck, hayan sacado conclusiones. No podemos arriesgarnos más. Vayámonos."


* La Lorenz SZ 40 y la SZ 42 (Schlüsselzusatz, que significa “cifrado adjunto o, literalmente, llave adjunta”) eran máquinas alemanas de cifrado utilizadas durante la Segunda Guerra Mundial en circuitos de teletipo. Criptógrafos británicos, que se refirieron al tráfico alemán de datos de teletipo cifrados como “Fish”, denominaron al aparato y su tráfico como “Tunny” (Atunes, Atún). Mientras la bien conocida Enigma fue usada generalmente por unidades de combate, la Máquina de Lorenz fue usada para comunicaciones de alto nivel. El Ingenio en sí tenía unas medidas de 51cm × 46cm × 46cm, y funcionó como dispositivo adjunto a las máquinas de teletipo de Lorenz estándares. Los mecanismos implementaban un cifrado de flujo.

Alguien aporreaba insistentemente la puerta de la cabaña. Quedaron paralizados Por un segundo, pensaron que todo había terminado.
Frederik Kupfer, hijo de Gisela, la cuidadora de la casa voceó para que le abriesen. Entró y cerró la puerta.
Lluís: ¡Friedl! ¡¡Qué susto nos has dado, coño!!
—Tenéis que salir de aquí. Mirando con preocupación a Sabine, dijo:
"Como sabes, trabajo desde hace años en el Ayuntamiento, en la oficina de Turismo Local. Esta mañana, casualmente he atendido una llamada un tanto extraña de alguien que decía estar interesado en alquilar esta cabaña. Que le habían informado que estaba libre y que si pertenecía a una empresa llamada Hubber GMBH.
Me sorprendió que nombrasen esa empresa. Pocas personas saben que tu padre, para evitar que le localicen cuando viene a descansar y a esquiar, compró la cabaña a nombre de la Hubber y… menos gente aún saben que Hubber es filial de BAYER.
»Me he hecho el tonto, les he dicho que la cabaña no la teníamos registrada como disponible, les he ofrecido otras posibilidades y… me han colgado. »Está claro que querían sonsacarme algo que ya debían saber: La relación de Hubber con la Bayer y de la Bayer con tu padre.
»Quien quiera que sea, sospecha que estáis aquí”.
Lo que Frederik les acababa de contar, junto con la desaparición de Inga, indicaba que los responsables de la secreta organización NEUESTROJANPFERDES, estaban haciendo su trabajo y… de qué modo. Tenían que moverse y rápido. Pusieron su escaso equipaje en el maletero del Taunus, pero…

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jueves, 9 de abril de 2020

Jaque Mate Capítulo II


JAQUE MATE
CAPÍTULO II


ELBE TUNNEL  HAMBURG

Ibiza, julio de 1972
Sus ojos se fijaron en los de Sabine, una valquiria surgida de una de sus lecturas favoritas de la infancia. El Capitán Trueno. Era como Sigrid, (la reina de Thule y novia oficial del héroe del cómic) pero… no como la dibujaba el autor (Miguel Antonio Ambrosio “Ambrós”) en el tebeo, sino como él la tenía idealizada en su imaginación. Mucho más bella de lo que le habían dicho. Rubia, esbelta y con unos ojos de un azul intenso y que le hechizaron desde el primer instante. El color de aquellos ojos, era como el del mar en un atolón de la Polinesia.
Allí, sentada junto a otras dos amigas, estaba (o eso quiso Lluís creer) siendo acosada por dos o tres jóvenes turistas. “Peninsulares” les llamaban despectivamente los residentes en la Isla, a estos ligones de poco pelo.
En esos momentos, Lluís no sabía que el paso que iba a dar a continuación, cambiaría su vida para siempre. Pero… vayamos al grano. Hubo suerte. Sabine Vogel, captó la mirada de Lluís, levanto su copa y le hizo señas para que se acercase. En aquellos momentos, el joven corazón de 23 años y su gran reserva de testosterona (y de imaginación), le convirtió en un caballero con armadura que, montando un blanco corcel se lanzó al rescate de su princesa, a punto de ser devorada por dos dragoligones peninsulares baratos.

Los siguientes 10 días, Sabine y Lluís apenas se separaron más de lo estrictamente necesario. Se citaban en la Platja des Torrents, en la Bahía de Sant Antoni. Después, a la hora de la cena, Sabine acudía al Fish & Chips donde Lluís trabajaba. Cuando cerraba el restaurante, iban juntos a todas partes, disfrutan el uno del otro, de ese amor y pasión que había surgido entre ambos, así, sin más. Fue un intenso y frenético romance que ambos intuían podía tener los días contados. Ella debía volver pronto al frío norte, a la hanseática ciudad báltica de Hamburgo, a orillas del Elba. Lluís le confesó que se había enamorado de ella, mucho más allá del habitual romance veraniego. En un momento dado le dijo: “Esto está siendo muy especial, Sabine. No quiero que termine cuándo tomes tu vuelo a Hamburgo”. Al día siguiente de la partida de Sabine, si no pasaba nada extraordinario, seguiría trabajando en aquel “Fish & Chips” importado de la Gran Bretaña y en el que se había empleado para acelerar su aprendizaje de la lengua inglesa. Era el previsto final de cualquier romance vacacional. El mismo Lluís, había tenido muchos de esos cortos romances, pero… esto no era lo mismo. Pronto lo comprobarían, los dos.
Se acercaba el fatídico día de la partida de Sabine. Se iría de Ibiza y… con toda probabilidad, no la volvería a ver. A menos que… El 17 de julio de 1972, por la mañana temprano, Lluís y Sabine se despidieron, con una mezcla de alegría por haberse conocido y de tristeza y resignación por tener que separarse. Ella tomó un taxi, con sus dos amigas y partió hacia el aeropuerto…
Sant Antoni de Ibiza, 17 de julio. 20:00 horas. Lluís había pasado todo el día pensando en lo mismo. Ella se había IDO y todo había terminado, a menos que…

En un lugar de vacaciones, las cosas suceden así. Cuando estaba inmerso en sus pensamientos, un muchacho, aparcó una Vespa, a la puerta del Fish & Chips. Entró y preguntó: ¿Lluís Sáyago? Le entregó un sobre en cuyo remite había una sola palabra: Sabine. Su corazón bombeaba al ritmo de un pozo de petróleo recién perforado. En la nota, escrita en inglés, se podía leer: “Sabes que no había otra opción, tenía que coger ese avión. Mi trabajo me espera en Hamburgo. Estaré esperando tus noticias y… si quieres venir, ahora eres tú el que ha de decidir. Te quiere, Sabine” Lluís sonrió. Su dedicación había dado sus frutos. Tenía trabajo que hacer. Salió del restaurante, fue a una cabina e hizo una llamada.
25 de julio, 21:30 horas. Aeropuerto de Hamburgo. El DC-10 de Iberia, había tomado tierra procedente de Barcelona, hacía tan solo unos minutos.
Sentado sobre su propia maleta y bajo el indicador de Meeting Point, estaba Lluís Sáyago. Su amor por la chica alemana había superado a la lógica y el sentido común. Allí estaba, sólo, y con apenas unos billetes en el bolsillo… Así le encontraría Sabine Vogel, cuando llegase, tal y como le había prometido, a recogerle al aeropuerto.
Eran casi las 22:00 horas. La terminal internacional del aeropuerto, estaba casi desierta cuando, de pronto, a Lluís le cambió la expresión. Vio a dos mujeres acercarse sonriendo y… una de ellas era Sabine. No había faltado a la cita.
La incertidumbre se había tornado en excitación ante la expectativa de lo desconocido. Todo era nuevo. Idioma, moneda, costumbres… y, al menos en apariencia, también era la primera vez que iba a convivir con una mujer. Metidos los tres en el Volkswagen Escarabajo (Käfer) rojo salieron hacia el centro de Hamburgo. Lluís, desde el asiento de atrás, observaba las luces de los pueblos cercanos al aeropuerto y de los barrios periféricos de la ciudad hanseática, mientras, ellas seguían con su cháchara en un alemán, entonces, absolutamente desconocido para él. O… al menos, eso es lo que ella pensaba. De vez en cuando, Sabine llamaba la atención de Lluís acerca de alguna construcción, el nombre de un barrio… Lluís Sáyago estaba ansioso por estar a solas con ella. Súbitamente recordó vívidamente, como en una película, la primera vez que hicieron el amor. Tres días después de que la abordase en la discoteca, la convenció (ella compartía habitación con dos amigas en su hotel y, además, por entonces, los conserjes de los hoteles, no permitían que extraños subieran a las habitaciones, salvo… mediar un par de billetes) para que fuesen a la habitación, privada y con acceso individual que Jack y Laureen Neckermann, propietarios del Fish & Chips, le habían proporcionado, como valor añadido al puesto de trabajo. La casa de los británicos estaba cerca de Sant Antoni. Los Neckermann fueron extremadamente generosos y comprensivos con Lluís. Jack, que tenía casi 60 años, había pertenecido al MI6, el servicio de inteligencia británico y Laureen había compartido con él numerosas misiones durante los primeros años de la Guerra Fría. Ahora estaban retirados en la Isla Blanca y regentaban el restaurante y una agencia de guías de viaje. Lluís les llevaría en su corazón el resto de su vida. Esa noche, cuando Lluís cerró el restaurante, pasada la medianoche, montaron sobre la moto Vespa que le había prestado Jack y, hechos un manojo de nervios, llegaron al chalet, distante unos 2 km. del pueblo. Entraron a la habitación por la discreta puerta trasera. No habían dado un solo paso y se fundieron en un apasionado beso. Los corazones de la joven pareja saltaban como si quisieran escapar del pecho. Entre besos, caricias y miradas, empezaron a desprenderse de las escasas ropas que vestían. Se regalaron la vista, explayándose al contemplar sus cuerpos, por primera vez, totalmente desnudos, llegando a sentir un inocente atisbo de pudor. Lluís cubrió parcialmente la lámpara con una camiseta, atenuando la luz de la estancia. Se tumbaron, mirándose a los ojos durante varios segundos, sin decir palabra. El joven Lluís estaba tan excitado que tuvo que hacer verdaderos esfuerzos de concentración para apartar de su mente una temida eyaculación precoz. Se arrodilló en la cama e inclinándose sobre el esplendido y sonrosado cuerpo desnudo de Sabine, hizo que su lengua navegase por todos y cada uno de los centímetros de su piel. Ella se estremecía, trataba de incorporarse para devolver las caricias. Él se lo impedía con su bronceado cuerpo (había llegado a la Isla, el cinco de abril), forzándola a permanecer sobre su espalda, a su merced. Tras lamer los rosados pezones de sus turgentes y perfectos pechos, sentía que su excitación crecía más y más. Su lengua seguía navegando dirigiéndose a un más que previsible puerto de destino. Desplazó su cuerpo hacia abajo, puso la cabeza entre los largos y bien formados muslos, besando, mordisqueando y lamiendo las partes internas de los mismos. Puso sus manos bajo sus nalgas, elevando así la frondosa entrada al paraíso de su amada Sabine. Sus labios llegaron a su destino justo un poco antes que la lengua, besando apasionadamente esos otros labios sureños. Ella volvió a gemir y estremecerse. Arqueando su espalda, elevó aún más su monte de Venus, requiriendo, sin palabras, el ingreso de la lengua en lo más intimo de su cuerpo. Poco después, dio un respingo, todo su cuerpo tembló y alcanzó su primer clímax. Con ambas manos, empujó hacia atrás a Lluís se inclinó sobre su cuerpo cubriéndole de besos y… sin más preámbulos cogió el erecto pene entre sus manos, llevándoselo a la boca. Cada vez que Lluís recordaba aquel preciso momento, tenía una erección. Le tuvo que suplicar que se detuviese. Había llegado al límite, necesitaba poseerla, entrar ahí donde había estado antes su lengua. Sabine, a regañadientes, liberó su presa y se sentó a horcajadas sobre el excitadísimo Lluís. Suavemente volvió a asir el pene, duro como el granito, introduciéndolo en su húmeda vagina. Con unos preliminares como los que habían experimentado, el apoteósico final no tardó mucho en llegar. Tras unos movimientos arriba y abajo de Sabine, estallaron en un intensísimo doble orgasmo. A las siete de la mañana, tras tres repeticiones, salieron, montaron, esta vez en la moto, y se perdieron en una de las playas más hermosas de Ibiza. Cala Conta.
Al rememorar aquello, Lluís ya tenía la certeza de estar realmente enamorado de ella y… eso podría traerle problemas.

El Volkswagen seguía rodando. Lluís se notó una fuerte erección…
En eso estaba cuando un grito de Sabine, muy distinto del que acababa de rememorar, le sobresaltó. Un Volvo negro, les adelantó a toda velocidad, cruzando el vehículo en la autopista y frenando delante del Escarabajo, obligando a Sabine a hacer una maniobra de evasión para evitar un choque seguro. Hizo la maniobra sin perder el control del vehículo y… sin detenerse (Quiso la suerte que estuvieran cerca de un hueco en la mediana de la autopista), Sabine, arremetió contra la cadena que estaba entre los dos pilotes de la mediana, arrancándola y… tomando la dirección contraria, iniciaron la huida. Huían sin saber (al menos Lluís) de quién ni de qué pero no iban a parar a preguntar. Conocedora del entorno y… mucho más intrépida de lo que Lluís nunca hubiese supuesto, tomó la primera salida sacando el coche de la Autobahn, serpenteando por carreteras y urbanizaciones de la periferia de Hamburgo hasta que logró despistar completamente a los asaltantes. Detuvo el coche en un callejón oscuro, apagó las luces y esperaron, aterrados y en silencio un tiempo que no podrían precisar. A los enamorados ojos de Lluís, Sabine, acababa de ser elevada a la categoría de heroína. Si antes de este incidente ya estaba prendado de ella, a partir de esa noche era, además, su valiente e intrépida chica Bond. Se sentía como en una nube, preocupado por lo que acababa de ocurrir pero feliz y… su erección había desaparecido.
Cuando llegaron al apartamento de Sabine, en la calle Moltke (Helmut von. Prestigioso militar prusiano, del XIX y coetáneo de Bismark), después de haber dejado a Inga en su casa, eran ya más de las 12. Lluís estaba hambriento y exhausto. Había salido de Ibiza muy temprano para, vía Valencia, ir por carretera a Barcelona.
Notó un poco rara a Sabine y no daba la impresión de que se debiese a algo que él hubiese hecho o dicho. Más bien parecía lo contrario, como si estuviese protegiéndolo, preocupada por su seguridad. Por un momento pensó que, como era cuatro años mayor que él, eso despertaba en ella su instinto maternal. Estaba a punto de comprobar que no era precisamente eso.
Aparcó su escarabajo a más de 100 metros del apartamento, lo cual, le chocó a Lluís ya que, a la puerta del mismo, había numerosas plazas libres. Era una calle pequeña, cerca de uno de los numerosos canales (el Hoheluft), ramales del Elba que surcan Hamburgo y, especialmente el barrio de Altona. Los edificios, a ambos lados de la calle, albergaban, viviendas humildes de dos y tres plantas, sin ascensor y de un par de apartamentos por planta. La planta baja se reservaba para el cuarto de máquinas, calefacción central y otra dependencia donde se ubicaban las lavadoras y secadoras de uso comunitario. Mientras caminaban bajo los frondosos lindos que poblaban ambas aceras, Sabine parecía inquieta, miraba continuamente a ambos lados, al tiempo que trataba de restar importancia a lo que había ocurrido durante las dos últimas horas. Subieron al piso, que estaba en la 2ª planta. Preparó a Lluís un vaso de leche con un trozo de tarta de bizcocho y chocolate y dispuso la cama para que este se acostase. Miró un par de veces por la ventana, a través de los visillos, volvió a coger las llaves del coche y le dijo que volvía pronto, que descansase. Ante su resistencia, trató de tranquilizarle de inmediato: Sabine era periodista y trabajaba para el Hamburger Abendblatt, un importante periódico local, de la potente editora Hecatónquiros*, propietaria de varios diarios por toda la República Federal.
—Sabine: Es preciso que vaya a la redacción del periódico, a entregar un artículo para la edición de mañana.
Nada más cerrar tras de sí la puerta del piso, el sueño, la sucesión de acontecimientos y el agotamiento físico, pudieron con la escasa resistencia que le quedaba y Lluís se durmió como una marmota. Demasiadas emociones en muy pocas horas.
Sabine le despertó por la mañana. Eran más de las 10 y había café, zumos, huevos duros, carne cruda picada, panecillos recién hechos, quesos y embutido, todo dispuesto sobre una pequeña mesa ubicada frente al balconcillo de diminutas proporciones que daba a la parte trasera, a un patio interior.
Le contó que había estado en la redacción del Hamburger Abendblatt y que no le había servido de mucho ya que, con la confusión que siguió al incidente de la noche anterior en la autopista, su amiga, Inga se había llevado, por error, el maletín de Sabine, con la documentación para el artículo que tendría que haber dejado en el periódico. Le había estado llamando por teléfono desde las ocho, sin éxito. Tras el delicioso y abundante desayuno, cogieron el coche y partieron directos a casa de Inga, a recoger el maletín. Sabine parecía muy preocupada. Lluís lo atribuyó a la pérdida temporal de los documentos. Pronto sabría los verdaderos motivos de esa preocupación…
*Nota del autor:
En la mitología griega, gigantes con 100 brazos y 50 cabezas, hijos de Gea y Urano. Su padre los arrojó al Tártaro, pero fueron rescatados por Cronos, al que ayudaron a castrar y derrocar a Urano. (Supongo que por la estrategia del grupo editorial de expandir su influencia por todas las ciudades más importantes de la República Federal)

Mientras Sabine manejaba el Volkswagen por las calles de Hamburgo, con una destreza y soltura que no dejaban de sorprender a Lluís, este observaba el paisaje urbano. Había algo, algo que no podía precisar, pero… que no encajaba en los barrios por los que callejeaba el coche, camino del domicilio de Inga. De repente, cayó en la cuenta. Los edificios eran todos prácticamente nuevos. Líneas rectas, monótonos, grises. La ciudad, a pesar del Elba del rio Alter y los lagos que este formaba a su paso por la ciudad y grandes zonas verdes, no resultaba acogedora. Sabine le desveló algo que, de haber leído más acerca de la II Guerra Mundial, habría concluido por él mismo: Hamburgo, como otras muchas ciudades industriales de Alemania, —Dresden, Berlin, Nuremberg, etc.— fue arrasada, casi en su totalidad por los bombardeos de los aliados. Debido a ello, la mayoría de los edificios de la ciudad, tenían poco más de veinte años.
Hasta cuatro veces llamaron al timbre del apartamento de Inga. —Ambas se habían intercambiado las llaves de sus casas, pero… Sabine la llevaba en su portafolios— La única respuesta fue el silencio. Estaban a punto de volver al coche cuando quiso la casualidad que saliera un vecino del edificio, Sabine le sonrió y éste sujetó la puerta para que pudiesen entrar. Inga vivía en la puerta 6ª, en la tercera planta. Bajo el número 6 que había clavado en la puerta, había un sobre que contenía una nota manuscrita de Inga, sujeto con cinta adhesiva transparente. “Sabine, si estás leyendo esto, es que nos hemos cruzado. Te he estado llamando a casa para que supieras que tengo tu maletín. Pasaré por tu casa y los intercambiamos. Si no estás, o no respondes, dejaré tus cosas en el lavadero, dentro de la primera secadora (no quisiera molestaros en esta vuestra primera noche, tortolitos, je, je)” Cogieron la nota y volvieron de inmediato al coche. Sabine se mostraba aún más preocupada. Regresaron a toda prisa a la Moltkestrasse. De nuevo aparcaron a más de 200 m. del apartamento. Sabine, de nuevo
miraba en todas direcciones incesantemente. Abrió la puerta del patio, subieron al piso y… algo no iba bien. La puerta del piso estaba forzada y todo revuelto. Incluso la maleta de Lluís, que aún no había deshecho, estaba abierta y todo su contenido esparcido por la moqueta de la salita-comedor-cocina. Lluís corrió a la cocina. Había metido su pasaporte, la cartera, con el resto de la documentación y algo (poco) de dinero, en pesetas, dentro del diminuto congelador del frigorífico. —Lo hacía por costumbre, allá donde iba— “Mala suerte, —pensó— justo la primera noche que paso aquí y nos roban”. Sabine se alarmó mucho, se dirigió deprisa a su habitación y 30 segundos después, salió.
—Coge tu pasaporte y tu cartera y vayámonos de aquí corriendo” Le cogió de la mano y… tirando de él, le llevó escaleras abajo. Se detuvo delante de la puerta del lavadero, que no tenía ningún sistema de cierre, fue directa a una columna de tres secadoras, ubicada a la izquierda y subiendo a una silla, abrió la puerta redonda, como la de una escotilla de un barco, metió la mano y… La expresión de su cara cambió de inmediato) extrajo su portafolios que, al ser de los flexibles, Inga había doblado para introducirlo en la secadora.
Bajó de la silla y salieron corriendo hacia el coche, no sin dejar de mirar en todas direcciones.
—Y ahora ¿qué? ¿Me vas a explicar qué es lo que ocurre? Lo del piso no ha sido un robo, le espetó. Ni lo de anoche tampoco fue un asalto para robarnos, ¿verdad?
Le miró a los ojos, muy nerviosa.
—Dear, tienes razón, nada de esto ha sido casual. »Tienes derecho a saberlo todo y… estamos (tu también) en grave peligro”
Mientras conducía de nuevo hacia el apartamento de Inga, Sabine empezó a hablar:
»Cuando empecé a trabajar para el periódico, hace tres años, me asignaron un puesto en la redacción de deportes. Al poco tiempo, descubrí una trama que, directivos de la federación alemana de fútbol, empresarios y algunos directivos y propietarios de equipos de primera división, tenían montada para amañar resultados de ciertos partidos. Aunque con muchas reticencias de la dirección del periódico, finalmente se autorizó la publicación de mi reportaje. Reportaje que llevó a mucha gente importante a la cárcel. Consecuencia de ello fue que me gané unos enemigos muy peligrosos y… un ascenso en la redacción, pasando de la sección de deportes, a la de investigación.
Lluís estaba perplejo.
»Hace unas semanas, días antes de viajar a España, un joven me abordó cuando iba a salir de casa y, tras preguntarme si yo era Sabine Vogel, me entregó un sobre y salió corriendo con su bicicleta, en dirección al puente del canal Hoheluft. En el sobre sólo había un escueto Sabine Vogel. En su interior encontré una críptica nota, unos documentos cifrados y una especie de plantilla hecha de un material flexible, como el de las radiografías y con unos agujeros cuadrados, similares a los de las tarjetas perforadas que se usan en las modernas computadoras. La delicada información tenía que ver con una rama, desconocida hasta ahora, de la organización nazi ODESSA Organisation der Ehemaligen SS-Angehörigen (Organización de ex miembros de las SS), creada tras el fin de la guerra para dar apoyo a los oficiales nazis que estaban en busca y captura y/o perseguidos por la justicia de varios países europeos, colaboradores de Simón Wiesenthal y el Mossad. El contenido del sobre, estaba, como es natural, en una caja fuerte del periódico.
—¿Estaba?, -Inquirió Lluís-.
—Si, hasta hace unas semanas. El 30 de junio, cuando la actividad del periódico es mínima y yo estaba a punto de volar a Ibiza, alguien entró al periódico, forzó la caja fuerte y se llevaron todo cuanto había en ella, incluidos los documentos originales que yo les había entregado para su análisis y custodia. Por suerte (o precaución), continuó Sabine, “Yo había ordenado microfilmar toda esa documentación, entregando una copia al director del periódico y guardándome otra en el doble forro de mi portafolios, en ese portafolios que tienes sobre tus rodillas”, mirando directamente al maletín.
—Lluís: ¿Qué información contiene esa documentación?
—Sabine: No estoy segura del todo. Los datos están cifrados y hay que desvelar la información cuanto antes. Hay nombres de personas muy importantes, incluso de altos cargos del Gobierno, gente que encubre a los nazis, industriales que, simulando donaciones de mecenazgo, financian esta específica rama secreta de ODESSA, cuyo nombre en clave es NEUESTROJANPFERDES, es decir, NUEVO CABALLO DE TROYA. Más sencillo: Neotroyanos. Su propósito no es sólo el de dar apoyo logístico a los oficiales y políticos nazis en la sombra, tratan de reinsertar en la sociedad alemana, a estos mismos hombres o a testaferros que actúen como sus títeres. —Por un momento, Lluís parecía estar en otro lugar. No podía dar crédito a lo que estaba escuchando—
»Hay otra cosa”. —dijo Sabine con la cara muy seria—. Ayer mismo me enteré de que hace tan solo una semana, justo el día en que yo volvía de España, encontraron muerto a Hans Steinberg, director el periódico. La policía pidió a la dirección Hecatónquiros, la editora del periódico, que esperase unos días antes de hacerlo público. Eso ayudaría a la investigación. El periódico informó al personal que Steinberg estaría una semana de vacaciones en su casa de la playa. He sabido que le han asaltado en su propia casa, le han torturado antes de matarlo y... han vaciado su caja fuerte. Sin embargo, los supuestos cacos, se han dejado numerosos objetos de valor. La policía está investigando y no sé nada más”.
Llegaron al apartamento de Inga que, de momento a Sabine le pareció seguro ya que los que habían registrado su apartamento, no tenían el porqué saber de la relación que mantenían.

Sabine llamó de inmediato a la agencia de publicidad en la que trabajaba su amiga, le dijo que, temporalmente se iban a instalar en su casa, que no se lo dijese a nadie y que ya le explicaría cuando volviese del trabajo y también que, bajo ninguna circunstancia se le ocurriera volver o pasar por el apartamento de Moltkestrasse, que ya hablarían. Llamó también Sabine al periódico. No dijo nada de lo ocurrido en su piso. Se excusó diciendo que tenía que ir a casa de su abuela, por un asunto urgente, que enviaría una nota por mensajero y que, durante unos días no iría por la redacción, ocultando su nueva dirección. No sabía muy bien en quien confiar. En la oficina tenía dos mensajes, uno de de un tal Klaus Wiese, inspector de de la Brigada Criminal de la Policía de Hamburgo. Quería hablar con ella. El otro era de Michaela Schroeder, la secretaria particular de Hans Steinberg. Tenía que ponerse en contacto con ella. Por suerte, el piso de Inga estaba en el barrio de Bramberg, al este de la ciudad y en un discretísimo cul de sac, llamado Prökelmoor, pero cerca de una vía de circulación rápida, la Bramfelder Chaussee. (Carretera de Bramfeld). Solo Inga sabía que estaban allí. Habían seguido a Sabine hasta el Aeropuerto y… la información de los datos que la identificaban solo podría haber salido del periódico.
Tenían que pensar qué hacer y cómo. Y… tenía que ser de inmediato.
Sabine llamó a la comisaría. El tal Klaus Wiese no estaba. Sabine dijo que volvería a llamar. No quería dejar pista alguna. También llamó a Michaela y le dejó un mensaje en su contestador. “Voy a estar unos días fuera. Mis abuelos me necesitan. No trates de localizarme. Yo te buscaré a mi vuelta.”
Salieron a hacer unas compras —no tenían casi nada de ropa, se había quedado todo en el apartamento) y a comer algo. Súbitamente Lluís exclamó: ¡¡El coche!! Ellos conocían el coche y… había que hacer algo ya—.
De momento, decidieron esperar acontecimientos y no revelar nada de este asunto a nadie. El padre de Sabine, era una persona  influyente, con una posición económica muy desahogada, partidario del SPD Sozialdemokratische Partei Deutschlands y amigo personal de Willy Brandt (Herbert Karl Frahm), en aquel momento, Canciller de la República Federal. Sabine optó por esperar, tratar de averiguar quién sabía qué y, mientras, desaparecer por algún tiempo. ¿Adónde ir?
Resolvieron lo del coche esa misma tarde. Inga vivía muy cerca de la casa de sus padres, una unifamiliar bastante amplia y con garaje suficiente para esconder el Volkswagen de Sabine. Por otro lado, Inga —otra vez la bendita Inga— les facilitó un viejo Ford Taunus 12 M del 65, de sus padres. Antiguo pero en muy buen estado. ¡Mejor! pensó Sabine, era discreto y sería más difícil de localizar.
Sabine informó parcialmente a Inga de lo ocurrido, sin entrar en detalles, precisamente para no comprometerla más de lo estrictamente necesario. La confianza entre las dos amigas era absoluta, pero… si nada sabía, de nada podría dar datos, caso de que ellos investigasen y averiguasen la estrecha relación que ambas mantenían. Mejor cuanto menos supiese.
A la mañana siguiente, acudieron a una sucursal del Commerzbank, Sabine sacó 5000 DM, casi todo lo que le quedaba en la cuenta. Eso les permitiría moverse durante algún tiempo. Desde una cabina, llamó de nuevo a la comisaría y, esta vez sí estaba el comisario Wiese.
—Wiese: ¿Señorita Vogel?
—Sí, respondió Sabine.
—Tenemos que hablar cuanto antes, continuó. --»Hemos estado en su apartamento y…
—Sí, ya sé… tendría que haber ido a poner una denuncia del robo, balbuceó, nerviosa,
—Olvídese de la denuncia, Srta. Vogel, ambos sabemos que no ha sido un robo, al menos no el clásico robo. Sabine se puso tensa y… antes de que pudiese decir nada más, el comisario dijo “Será mejor que nos encontremos en algún lugar. ¿Dónde está ahora?” Sabine hizo un gesto con la mano para tratar (en vano) de tranquilizar a un cada vez más atónito Lluís.
—Le voy a decir donde estoy ahora, comisario. ¿Conoce usted Harburg?. Seguro que sí. Nos encontraremos en el Café Sigfrido, en la Julius-Ludowig Strasse, esquina con la Knoopstrasse, dentro de una hora y media, a las 12:30” Concluyó Sabine y… sin darle tiempo a que pudiese replicar, colgó el teléfono.
Ocultaron el viejo Escarabajo en el garaje de los padres de Inga, partiendo en el Taunus, con las escasísimas pertenencias que llevaban y sin revelar su destino a la familia de Inga. —Lluís no tenía ni idea de adónde iban a ir—.
Estaban en Bramberg, al norte de Hamburgo y… el lugar elegido para la cita con Klaus Wiese, estaba en el lado opuesto, al sur, al otro lado del Elba y de una maraña de canales. Mirando el callejero que había en la guantera del Taunus, Lluís pensó “Dios mío, si tuviera que conducir yo, no llegábamos hasta mañana, pero… mi intrépida heroína, no creo que se pierda”.
Tras callejear durante unos 20 minutos, entraron en una Autobahn, la autopista A24, para después de unos 10 minutos, incorporarse a la A1, dirección sur, hacia el cruce con la A4, bajando por la A4, en otros 20 minutos estaban entrando en Harburg. A las 12:20 Rodaban por la Knoopstrasse, giraron a la izquierda, y aparcaron junto a una furgoneta. Se acercaron al Café Sigfrido. Desde el oro lado de la acera, observaron a un hombre de unos 40-45 años, vestido con un traje color gris claro, con corbata neutra y mal anudada. Daba dos o tres pasos hacia un lado y otro de la puerta del Café, miraba su reloj continuamente y una hoja de papel que llevaba en la mano izquierda. Fumaba un cigarrillo dándole caladas sin pausa. No podía ser otro. Solo le faltaba un rótulo en la frente con la leyenda: “Polizei”
Cruzaron la Knoopstrasse cogidos de la mano, por el paso cebra, aproximándose a Wiese por su derecha. Volvió a mirar, volvió a consultar su hoja de papel —que no era otra cosa que una foto de un primer plano de Sabine—. Tras lanzar una mirada inquisitiva a Lluís, un saludo breve y cortes y entraron en el Café. Sabine, con paso firme, lideró el trío hasta el fondo del local. Había una mesa de billar americano con un par de tipos ociosos jugando y trasegando unas jarras de cerveza. Siguiendo las indicaciones de la anfitriona, los tres se acomodaron en una mesa de pino macizo con bancada de rinconera, muy habitual por aquellos pagos. La luz, del ambiente era convenientemente tenue.
Antes de iniciar la reunión, pidieron unas bebidas y unas patatas fritas. El comisario miró sin recato a Lluís. Y… antes de que pudiera articular una palabra más, Sabine le espetó “Es mi novio, es español, confío en él y… aunque está al corriente, no entiende ni una palabra de alemán”. Desde ese instante, Klaus Wiese, pareció perder todo interés en “el novio español” de Sabine
—Puede decirme ¿Qué hacen en Harburg? Y… ¿Por qué me ha hecho venir hasta aquí? Tenemos toda una ciudad con miles de sitios discretos para vernos y me hace cruzar un infierno de tráfico para venir a este agujero.
—Vamos a salir hacia el sur, hacia Baviera, y queremos estar en nuestro destino esta noche. Me pareció conveniente y conozco muy bien esta zona. No había otro motivo
—Fraulein Vogel, ¿Va a contarme qué está pasando? Ni lo del asesinato de Hans Steinberg, ni lo del robo en su casa, son lo que sus autores han querido aparentar. En ambos casos han dejado atrás cosas que ningún caco se hubiera dejado. Sin embargo, y tras una semana de investigación, Benjamin Frangenberg, comi47
sionado por la Dirección del conglomerado de la prensa escrita Hecatónquiros y director provisional del Hamburger, está mostrando un excesivo interés en que cerremos el caso, dando por sentado que el asesinato de Steinberg ha sido simple mala suerte. Yo llevo muchos años en esto y, está muy claro que los asesinos eran profesionales y buscaban algo concreto, algo que al parecer, también buscaban en su piso.
—Sr. Wiese, ¿explíqueme por qué han estado en mi casa? No recuerdo haber dicho nada al respecto, ni en el periódico ni a la policía. ¿Por qué llamó a mi oficina preguntando por mí? Usted debe saber que Steinberg, fue asesinado mientras yo estaba en España
—Verá, como el caso de Steinberg es muy relevante, y la noticia está saliendo en todos los medios, el asunto se pasó a la Central y se me asignó a mí. El personal de todas las comisarías tiene orden de cruzar los datos e informar de cualquier incidente en el que esté involucrada cualquier persona relacionada con el Hamburger. Cuando un vecino suyo informó a la comisaría de Altona de que su puerta estaba forzada. Un eficiente inspector de esa comisaría, al comprobar que la inquilina era Sabine Vogel, periodista de reportajes de investigación, me llamó de inmediato. Fuimos a su casa y al ver su estado, ordené a la Policía Científica que hiciesen un exhaustivo barrido, en todo el piso, en busca de cualquier pista que los asaltantes hubiesen podido dejar. Ahora el piso está precintado y sus cosas están (dirigiéndose al español dijo: Su maleta con sus cosas también) allí. La Policía aún no ha concluido la investigación y… creo que es mejor que, de momento, no se acerquen por allí.
—No pensábamos volver, al menos por el momento. Sr. Wiese “Llámeme Klaus, por favor”, —dijo el comisario—. Bien Klaus. No tengo más remedio que confiar en ti, así que…
Sabine puso al corriente al comisario de casi todos los detalles de la conspiración, incluyendo su nombre en clave NEUES TROJANPFERDES, todos menos uno: Le mintió a Klaus sobre el paradero de la única prueba que quedaba de la documentación que Sabine, de una forma totalmente anónima había recibido: los microfilmes que estaban en el doble forro del portafolios de Sabine, a escasos centímetros del comisario
—Sabine, es imperativo que me hagas llegar cuanto antes esos microfilmes. Mientras los tengas tú, estáis en peligro. Esos no se andan con remilgos. Ya lo han demostrado. ¿Dónde los tiene?
—Todo a su tiempo Klaus. Están a buen recaudo y… vamos a desaparecer por un tiempo. Primero tengo que volver a analizarlos, comprobar y cotejar todos los nombres que aparecen en la documentación. Sé que la red de infiltrados es muy tupida y con muchas personas aparentemente de poca relevancia, pero… que ocupan puestos muy cercanos a los que toman decisiones. Industria, Comunicaciones, Prensa, TV, la propia cúpula de la Policía e incluso en las, aún, tan tuteladas por los Aliados, Fuerzas Armadas. Una fuga de información llevaría al traste con toda la investigación. Tenemos que actuar juntos y con mucha cautela. Por supuesto que te iré informando, desde nuestro escondite. Te llamaré a menudo según avance con el análisis de los datos. Esto, que yo Ingenuamente, pretendía publicar, es tan grave que hay que apuntar a la cabeza del Ejecutivo. Hay que entregarle el informe, que tú, Klaus me ayudarás a confeccionar, al mismísimo Willy Brandt
Klaus no salía de su asombro, no sé si más por el calado de la conspiración o por la forma tan clara y contundente que había tenido la periodista de exponer sus planes.
—P.p.pero, ¡¡Sabine!! Eso es muy peligroso. Deberías dejar a la Policía ese trabajo.
—Descuida Klaus, estaremos en contacto. Tengo tu número. Ahora, tenemos que irnos. No quisiera llegar muy tarde.
—Pero… al menos dime donde vais a estar. Quizá necesitéis ayuda. ¿Tenéis dinero?, ¿De qué pensáis vivir?
—Sabine: Mejor que no lo sepas, Klaus. Así no hay peligro de que alguien te sonsaque: Tenemos lo que necesitamos. Piensa que va a ser como una extensión de mis vacaciones —sonrió, por primera vez, desde que salieron de la casa de Inga—. Paga la cuenta y vete dentro de 10 minutos, por favor, Klaus
Salieron en dirección contraria a la que Klaus les había visto llegar y, dando un pequeño rodeo, se apostaron dentro de una cervecería, a través de cuya ventana podían observar la puerta del Café Sigfrido. Apenas si habían entrado, vieron a Klaus salir. Miró en ambas direcciones y salió andando hacia la parte de atrás del Café. Ambos tomaron café con un buen pedazo de tarta de ciruelas y media hora después —Ya eran casi las tres y media— salieron de la cervecería, con un par de sándwiches y una botella de agua mineral grande. Lluís, se excusó un momento y se fue al WC —En la puerta, había un gracioso cartel con la frase: “Zu den Aborten”, que es como, en muchos lugares de Alemania llaman a los retretes—. A la derecha de la puerta, había un teléfono público. Lluís echó unas monedas, en realidad varios marcos, e hizo una corta llamada, supuestamente a su madre, en su pueblo, Manises.
El plan, que Sabine había estado urdiendo consistía en: Avisar a su padre de que iban a estar dos o tres semanas fuera de la ciudad. La excusa era que tenía que hacer un reportaje acerca de las condiciones de trabajo de los extranjeros, especialmente los turcos, en las fábricas de coches —BMW y Mercedes, principalmente— en Stuttgart y Múnich. Así, no se preocuparía demasiado, si tardaba en dar señales de vida.
Viajarían, casi sin parar hasta Austria, hasta un diminuto pueblo de una zona muy turística de los Alpes. En ese pueblo, su padre poseía una típica cabaña de madera, en la ladera de una montaña. El pueblo, Wenns, incrustado en el hermoso valle Piztal, a unos 50 km. al oeste de Innsbruck, aunque muy concurrido sobre todo en invierno, era sumamente discreto y, allí podrían pasar inadvertidos, casi como un apareja de recién casados, de las muchas que visitan el Tirol en la temporada estival. Gisela Kupfer, una venerable y bondadosa viuda que regentaba una pequeña pensión, cerca de la cabaña, no solo tenía las llaves y conocía a Sabine desde que era pequeña, sino que también se ocupaba de mantener la cabaña en condiciones de habitabilidad durante todo el año.
Tomaron la Autobahn 7 hacia el sur y, acomodados en el Taunus, iniciaron el viaje —Esta vez conducía Lluís—. Tras casi 7 horas sin apenas detenerse, llegaron a las afueras de Sttutgart. Eran casi las once de la noche y decidieron buscar un lugar para dormir. Por suerte dieron con un confortable hotelito, de los escasos que dan servicio nocturno, en Neuhausen auf den Fildern, cerca de la salida de la Autopista 8, en la Bahnhofstrasse —en Alemania, todo pueblo que se precie, tiene su Bahnhofstrasse, incluso si allí no llega el ferrocarril—. Tantas emociones y tantas horas de viaje, habían hecho mella en sus fuerzas, pero… eso no fue óbice para que no se regalasen una corta, pero intensa sesión de sexo… Exhaustos, se durmieron de inmediato. Por la mañana, llamaría a Frau Kupfer.
La mañana del 28 de julio seguía haciendo un calor inusual, sobrepasando, en ocasiones los 35 grados. Tras desayunar opíparamente, a las nueve ya estaban de nuevo en ruta, por la A 8, —la actual E52— en dirección a Füssen, en la frontera con Austria. Había bastante tráfico y, aún así, apenas dos horas después estaban a las afueras de la bonita ciudad de Füssen, a punto de cruzar la frontera. Los guardias fronterizos alemanes —era fin de mes— casi arreaban a los conductores para que pasaran sin apenas detenerse en las garitas, tratando de descongestionar el paso de Füssen. El tapón llegaba a tan solo dos km. Después, a la entrada en Austria, los funcionarios austriacos, detenían aleatoriamente algún vehículo, procediendo a identificar a sus ocupantes e incluso a registrar el interior del mismo. Tuvieron suerte con esa lotería y les dejaron pasar casi sin parar. Estaban en Austria y… tan solo eran algo más de las 11:30. Restaban apenas unos 70 km para llegar a su destino. Algo más de hora y media, con el tráfico que había
Tras hacer una parada a tomar un refrigerio en Lermoos, pequeño enclave alpino, paraíso de esquiadores, salieron a cubrir la, de momento, última etapa de su viaje. El paisaje que desfilaba a ambos lados de las ventanillas del Taunus, no dejaba de asombrar a Lluís. No hay que olvidar que este venía de un país, generalmente bastante seco. Donde él nació, las montañas había que ir a buscarlas y… a veces, los árboles, también. Los típicos pueblos alpinos se sucedían uno tras otro, a ambos lados de la serpenteante y estrecha carretera. Llegaron a la pequeña pero industriosa ciudad de Imst y, tras cruzar el Inn, se adentraron en el Pitztal. A los pocos minutos, atravesaron Arzl, internándose hacia el interior del valle y, unos pocos kilómetros más, tras una curva, divisaron el campanario de la Iglesia —católica, como la mayoría de la región— principal de Wenns, su destino.
Sabine condujo el coche por un camino rural cuyo inicio se hallaba en la plaza del pueblo. Las balconadas de las típicas casas tirolesas, rebosaban de flores de todos los colores, predominando los geranios, las hortensias y las margaritas.
Aparcó el Taunus en una pequeña parcela con el suelo cubierto de ladrillos perforados, de forma que la hierba se abría camino hacia la luz, manteniendo así el verde entorno y evitando que los coches se pudieran quedar atascados los días de lluvia —qué son muchos—. El espacio hacía las veces de aparcamiento para los ocasionales huéspedes de la pequeña pensión. Gisela apareció en la puerta. Llevaba un delantal que alguna vez fue blanco, —Estaba elaborando su magnífica confitura de albaricoques y se disculpó por no salir más aseada— y, entre sus manos, un pequeño ramo con claveles y rosas rojas. Sus ojos mostraron un brillo especial y, abrazando cariñosamente a Sabine, no pudo contener sus sollozos. Hacía más de tres años que no la había visto. Lluís sintió un nudo en la garganta.
Tras las presentaciones de cortesía, entraron en la planta baja de su casa. Gisela les condujo directamente a su cocina. Ordenó que tomasen asiento, trajo una jarra de humeante café recién hecho y les sirvió dos buenas porciones de una deliciosa y casera tarta de frambuesas y moras, recolectadas por ella misma en el cercano bosque de Piller, una aldea de Wenns
Para cuando llegaron a la cabaña, apenas unos cien metros ladera arriba, ya era casi noche cerrada. Gisela y Sabine estuvieron charlando una eternidad. Lluís mientras, escrutaba un mapa de la zona. Quería saber adónde llevaba cada uno de los caminos y sendas que mostraba aquel mapa local y que estaba impreso a una escala enorme.
Se dejaron caer sobre un enorme sofá que había frente a la —en esa época— innecesaria chimenea. No había ningún aparato receptor de TV. Pensó que quizás deberían comprar uno…

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lunes, 15 de mayo de 2017

Jaque Mate

Avance de mi primera novela
 Espero comentarios de mis potenciales lectores.
 Tengo pensado editar el libro después del verano

JAQUE MATE (TÍTULO PROVISIONAL) 

Por Lluis Asunción

Capítulo I 


Bonn, RFA. 7 de junio de 1972

Andreas König, alias del agente especial del MI6 Kevin McBreed, de 38 años, hijo de un comandante de la RAF, miembro del contingente de fuerzas de ocupación británicas y residente en Karlsruhe desde 1956. Con un alemán perfecto y un entrenamiento de élite, fue infiltrado hacía ya más de un año en la organización nazi ODESSA, acababa de tener un golpe de suerte. O... eso creyó él. Su inmediato superior en la organización de antiguos combatientes nazis, le había mandado llamar para que acudiese a una dirección, una discreta casa, a las afueras de la bonita y flamante capital de la República Federal. Desde Bonn, llevaría un paquete a Berlín y lo entregaría a alguien muy importante de la organización ODESSA. La misión era peligrosa ya que, parte de su viaje tendría que hacerlo a través de la DDR o República Democrática Alemana y de forma clandestina. Era una excelente oportunidad para lograr conocer en persona a uno de los máximos responsables de la organización. De él solo sabía unas iniciales: KV, y que podrían muy bien ser sólo una clave. Iría a Berlín. Pero… Al día siguiente, al salir de la pensión en la que residía, ubicada en un barrio céntrico de Colonia, cogió su vieja moto, una KS 750 sin sidecar, de 1943, de la Zundapp*, muy popular años atrás entre las tropas de la Wehrmacht y se dirigió a Bonn con la intención de llevar a cabo su “importante” misión. Mientras surcaba los verdes campos de cultivos, principalmente, remolacha, patata y maíz, que flanqueaban la carretera secundaría, L300, que discurre casi paralela por el margen izquierdo del Rin, y que, actualmente lleva el nombre de Willy Brandt. Lo de circular por carreteras de segundo o tercer orden se había convertido casi una costumbre para trasladarse y hacer los recados que le solían mandar, pensó que tenía que avisar a su contacto del MI6 de ese inesperado golpe de buena suerte que suponía su viaje a Berlín. Detuvo la moto en un pueblo llamado Tannenbusch, junto a una cafetería. Entró y, en un alemán, con un ligero acento de Baden Württemberg, pidió una taza de café y unas tostadas. Dejó el casco color caqui, también resto de la desaparecida Wehrmacht, sobre la silla y se metió en una cabina de teléfono que había al fondo del local. “Sturmtruppe am Apparat”, dijo a la chica de la centralita de la sede oficiosa del MI6 en Hannover. La chica no pudo ocultar una risita, al escuchar el gracioso nombre en clave del agente. Tras un par de clics, sonó, potente, la voz de su enlace, “Ja, Ja”, (bromeó). Cuando terminó de escucharle, en tono mucho más grave, le dijo “Sea lo que sea lo que contenga el paquete que te van a entregar, no vas a ir a Berlín. Las órdenes son: Ve a Hamburgo, llamas a este número, anótalo. Das la misma clave que has usado para identificarte aquí. Sigue las instrucciones que te indique tu enlace y… desapareces. No podemos arriesgarnos a que cruces por territorio de la DDR. Vuelves a Karlsruhe. Te irás a Londres de inmediato” Kevin trató de argumentar, pero… la orden fue tajante. “NO, haz lo que te he dicho” Volvió a la mesa, bebió un sorbo de café, dejó unas monedas en la mesa, cogió el casco y salió a toda prisa del Café...

 Frente al número 8 de la calle Auf dem Hirschberg, había aparcado un inmaculado Mercedes azul con matrícula de Berlín Estacionó su motocicleta detrás del Mercedes y llamó a la puerta… Aunque con el gesto contrariado, Kevin iba a acatar las órdenes recibidas. Estaba entrenado para ello. Por tanto, en lugar de ir a Berlín, su destino era Hamburgo. En un portafolio, bloqueado con dos cerraduras de seguridad de combinación y metido en una enorme bolsa de piel que colgó sobre su hombro, llevaba su enigmático paquete. Contactó telefónicamente con el número que le había dado “la voz” desde Hannover. Pero… cuando “soltó” su “Sturmtruppe am Aparat”, la respuesta no fue, ni mucho menos la esperada. “¿Está de broma, gilipollas? ¡¡“Ve a tomar el pelo a tu puta madre!!” Colgó y llamó de nuevo a Hannover, repitió los mismos pasos que había dado esa misma mañana y explicó lo ocurrido. La voz: “Ha debido ocurrir algo grave”.

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